Siempre bruja: cuando tus créditos dicen “Netflix”, pero tus actuaciones dicen “Mujeres al límite”

Siempre bruja es uno de los primeros productos (junto a Distrito Salvaje) creados por Netflix con elenco colombiano. Y aunque la publicidad de la misma en una de las ciudades protagónicas de la misma ha sido intensiva (en Cartagena se le puede ver en las paradas de muchos autobuses y en vallas gigantes), es la primera vez que un producto de la plataforma de streaming despierta la atención de nuestros Reviews.

Lo primero que hay que decir es que es Caracol Televisión la que crea este contenido para Netflix, y sí, Dago García está entre su nómina de productores. Así que fácilmente podría recalar en sus pantallas, como un relleno de fin de año o entremés de alguna de sus telenovelas sobrevaloradas. O simplemente quedarse en su plataforma web, como productos como Testosterona Pink. Y no los culparía.  La verdad, el producto final es de tan cuestionable factura, que prefiero hacer spoilers y decirles que no se pierden de nada de servicio.

Comencemos por lo bueno, dentro de lo que cabe: La fotografía y las locaciones son espectaculares. Aunque a veces se nota la mano de CGI (si no sabe qué es eso, Google it), es pasable.  Pero poco más de ahí. Porque ya entrando en el terreno de la narrativa y de las actuaciones, el producto es de buena vista a lo lejos pero peor resultado de cerca.

Vayamos por partes: Entiendo que haya licencias creativas por parte de sus libretistas (Parra y Vivanco, quienes adaptaron Yo, Bruja de Isidora Chacón, de una manera bastante liberal. Pero un mínimo de investigación bibliográfica no habría sentado mal, sobre todo para saber que en la Inquisición cartagenera (que surgió en 1610, por lo que la referencia a 1646 estaría acertada), ninguna mujer fue quemada viva en hoguera alguna, a diferencia de lo que sí ocurrió en sus contrapartes europeas. Y el escenario de la pira donde Carmen (personificada por Angely Gaviria) es tratada de quemar, es un fuerte en Bocachica… cuya construcción es de poco más de un siglo después. Strike one.

La trama trata de un amor prohibido en una sociedad cartagenera del siglo XVII entre un hijo de españoles y una esclava negra, a quien de pequeña le han enseñado sus artes nigromantes. Fruto de ese amor surge la persecución contra Carmen, a quien ponen en una hoguera, pero previo a ello, por un pacto que hace con un poderoso brujo, Aldemar el inmortal (Luis Fernando Hoyos), consigue escapar a través del tiempo para buscar cumplir una misión que le impone Aldemar en su celda para luego regresar en el tiempo y volver con su amado Cristóbal (Lenard Vanderaa) y aparecer en una fiesta de disfraces en la playa en pleno 2019. Desorientada e inconsciente, es llevada a un hospital, donde la creen víctima sobreviviente del Asesino del fuego ( Spoiler 1: El asesino del fuego termina siendo el mismo Aldemar, así luego no se entienda cómo), quien ronda la Cartagena del siglo XXI. Como puede, escapa del hospital (en una escena que hasta risa me produce, y no en el buen sentido) y como de la nada, le aparece ropa distinta de la que tenía en la clínica. Debe ser un hechicero, como en ese episodio de día de brujas de Los Simpsons donde Lucy Lawless (Xena) es estrella invitada…

Su huida de la clínica la pone en la mira de la policía, y más concretamente de un agente (Juan Manuel Mendoza) que no es más torpe porque no puede, o tal vez porque no es consciente de su propia torpeza. Y ahí vemos el vaivén entre recuerdos de Carmen en su infancia en el siglo XVII y lo que vive en el XXI, en especial su pésima relación con la madre de su novio en el pasado. Y es que el amor entre Carmen y Cristóbal es inverosímil, y el inquisidor, un cliché más.

Conforme avanzan los capítulos, los poderes mágicos de Carmen van y vienen, de hecho, parte de lo que le pasa en la serie es poderlos controlar, o recuperarlos, inclusive, porque le son drenados en dos oportunidades.

Sin comerlo ni beberlo, Carmen llega a la misma casa colonial donde era la criada de Cristóbal y entra en juego la rendija de una puerta, que sirve de suerte de “buzón de correo” entre ella en el futuro y él en el pasado. Ahora esa casona es un hostal-escuela de música, regentado por una generosa mujer (Constanza Duque, tal vez el único papel creíble de toda la serie, básicamente porque sale poco), quien ayuda a Carmen a encontrar a Ninivé (Verónica Orozco), otra bruja a la que deberá entregarle una piedra para así volver al pasado y rescatar a Cristobal vivo. Pero la labor se complica, porque ellas son perseguidas por Lucien, un espectro que supuestamente quema a las brujas (Spoiler 2: Lucien es Esteban -Sebastián Eslava-, quien también termina siendo un brujo poderoso, e hijo de Aldemar –eso solo lo sabrá usted al final de la serie, si es que ha aguantado hasta allá tantas sobre y subactuaciones juntas-)

Carmen debe ser ahora una bruja universitaria, enfrentada a los retos del mundo moderno, donde la peor hoguera no es la de la Inquisición, sino la de un video íntimo colgado de las redes sociales, como el temor de Alicia, una de sus, a la postre, amigas en la trama. Lo dicho, aquí esto se nos vuelve Sabrina, la bruja adolescente pero con presupuesto de miniserie de Telecaribe…de los ochentas. La serie apela mucho a narraciones en off de la misma Carmen explicando cosas supuestamente a Cristóbal, pero cae también en baches argumentales insalvables: ¿Acaso esta gente vivía en rumbas todo el tiempo? Y no hablemos de las actuaciones: Sebastián Eslava es más frío que el iceberg con el que chocó el Titanic. Norma Nivia (Jimena) hace de la suya un desastre como subtrama del episodio 3. Ni qué decir de esa rocambolesca esa escena del coche de caballos persiguiendo el taxi de Alicia (Sofía Araujo), o de la misma Alicia, como una costeña, hablando de “tirar” con el novio ( en la costa decimos “jopear” o “culear”) Strike two.

Las aventuras y desventuras de Carmen y sus amigos por reencontrar a Ninivé pasan por usar tabla ouija, ritos de desamor, encantamientos para despertar a alguien de un coma, robarle la sombra a la misma Carmen, recuperarla y con ella, sus poderes, tener experiencias con fantasmas que asustan a ex novios chantajistas, encuentros con Aldemar, quien hace de Jhonnyky (Dylan Fuentes), quien vive con Carmen en el hostal y es el primero en descubrir que levita dormida, su especie de Pepito Grillo y seguir mandándose “encomiendas” con Cristóbal, incluido un celular que llega lleno de polvo al siglo XVII, donde “mágicamente” él ve un video de ella renunciando a su amor para protegerlo. Lo dicho, esto es Jóvenes brujas, pero producido por Jorge Barón TV.

Los plot twists de la trama no dejan de dar mucha risa, de lo pobremente resueltos que están. Más que una serie de suspenso, deberían explotarla como de humor. Lo de la virgencita morena que llora, la escenita de celos de Mayte con su novio, los chascos del Thunder (un Tinder pero de gente de una universidad que pasa más rumbeando que estudiando) son meros rellenos de una trama que hace aguas desde el episodio 6 y no remonta. Fácilmente pudieron acabarla en el octavo de sus diez episodios y ahorrarnos ese regreso de Carmen del pasado otra vez al tiempo presente. Y es que en el octavo, se les fueron las luces completamente: La todopoderosa bruja ha rescatado a Ninivé, cumplido su misión y vuelto a un pasado con ropas del presente y conseguido todo: Poder, rescatar a su amado y hasta el beneplácito forzado de su familia política para casarse. Pero no. Ellos necesitaban enredar la trama y hacerla volver al presente, previa pérdida de sus poderes, discusión con su amado, quien es herido y sobrevive a esa otra herida (lo hieren y sobrevive más que Kenny de South Park) y termina luego recuperado con Carmen en el 2019.

Ya por último, debo decir que las celdas de los procesados en Cartagena no son ni remotamente las que muestran en la serie. Y que he visto mejores actuaciones en obras culturales de colegios de primaria que en el último episodio, el cual no dejó cliffhangers de los cuales valga la pena generar una segunda temporada ¿rescatar al imprudente JhonnyKy, que se fue al pasado porque no quería despedirse de sus fallecidos padres, pero termina yéndose a quien sabe qué época? No, gracias.  No deseo seguir viendo a este Harry Potter en versión femenina, afro y nivel SISBEN. Strike three. OUT!Uno podría esperar que la presencia en el elenco de actores con más trayectoria que los protagónicos sostuviera la trama, pero ni eso ocurre. Son tan planos los personajes, que en 10 capítulos, no despertaron mi más mínima simpatía. Y eso es grave, porque la filosofía Netflix permite un consumo de producto audiovisual diferente al culebrón de 60 o más capítulos. Mejor busquen en este servicio tramas mejor elaboradas. A esta bruja nada la salva de mi hoguera.