La Cacica de Caracol: solo una bionovela más

La Nocturna terminó. O al menos eso parece. Dudo que Caracol  escuche los consejos de abstenerse de cargársela con una fementida “segunda temporada”, pero para nuestro pesar,  ahora reemplaza el único producto inteligente que ha tenido en el último lustro por la enésima bionovela que hemos tenido que soportar. A falta de cantantes o delincuentes, esta vez vamos con una gestora cultural y líder política. Para más señas, costeña: Consuelo Araujo Noguera.

Yo no dudo que Araujo merezca homenajes por la labor que hizo en impulsar el vallenato, pero esta bionovela “basada en hechos reales, pero con invenciones de los libretistas” (o sea, mostrar lo que se puede mostrar, pero con gente menos fea) dista mucho de serlo. Por algo Caracol también la engavetó y ahora, como puede colarse en el top 3 del rating así sea pasando un video de una hora de flatulencias, decide sacarla al ruedo en pleno noviembre.

Riguroso flashback en el comienzo, como cualquier bionovela, esta vez, con narración en off. Y fue narrada desde cuando aún no había salido del vientre materno, con el mismo efecto maldita rockola, con música vallenata porque sí y porque no.  Y en menos de 10 minutos de emisión, ya dimos el salto en el tiempo, 8 años después de su parto.  Y con la madre opuesta al gusto musical de Consuelo, en oposición al padre alcahueta que relata la historia de cuando Francisco el hombre venció al diablo  ¿les suena de algo?

Las promos mostraban cuan pretenciosa podía llegar a ser mostrando a Araujo cual Wonder Woman costeña  enfrentada a los estirados valleduparenses como el rector del colegio  de “estirpe española”, aficionado a “violines, pianos y concertinas” que le decomisa su cuaderno. Aderezada con música vallenata tapando los enormes baches argumentales, como esa muy mal estructurada lucha partidista en la que atentan contra el padre de Consuelo; con una estética y un hablado costeño forzadísimo tan parecida a su telebobela antecesora de franja (Tarde lo conocí) que parecen un largo culebrón de dos infumables horas.  Como un mal after party.

Como costeño, ya pediría que los mal llamados creativos de Caracol cambien de región para inspirarse. Los actores de esta Costa artificiosa que venden desde La Floresta actúan casi tan mal como los bodrios de telenovelas made in Telecaribe. Se le abona a Caracol el tener utilería para una historia de época, aunque eso no compensa las actuaciones flojísimas de casi todo el elenco del episodio debut, sobre todo, esos actores que personificaron a Maye y Rafael Escalona; o que digan estar en Valledupar, pero en realidad filmen en Mompox. O ese Gabriel García Márquez vendiendo libros… inenarrable. La subtrama del matrimonio a escondidas entre Álvaro y Mary Lourdes era digna de bazar de colegio.

¿Pero saben qué? ME CANSÉ. Me mamé de tratar de ser la conciencia estética de una televisión tan predeciblemente mediocre. ¿Para qué me desgasto criticando cada estreno, si ustedes ven cualquier porquería que les pasan por pseudo argumentos como “hace reír” o “al menos no es de traquetos y prepagos”? Caracol sigue en su zona de confort donde le vale tan poco hacer un programa medianamente decente, si con cualquier bazofia le gana a RCN y al Uno, así sea con cifras ridículas. Por eso, propongo un APAGATÓN en contra de este producto tan pobre narrativa y actoralmente hablando. Es la única salida ante semejante crisis de creatividad.

 

Sin embargo, esta columna es, virtualmente, un hasta luego. Necesito tiempo para descansar, pero, sobre todo, asumir (si es que lo logro) que el profundo mal gusto del televidente colombiano le dé rating a cosas tan innecesarias y malas como esta telenovela. Tiempo para que este Pepito Grillo televisivo pueda decirles de nuevo “Lo advertí”. Porque en algún punto, a Caracol se le va a volver a voltear la tortilla, y ni haciendo obras de arte, tendrá rating.  Nos vemos en Los años tenebrosos: 2017.