La niña no es ningún fenómeno [Opinión]

telenovela colombianaNuevo duelo simultáneo por el apetecible horario de las 9 de la noche, pero esta vez, los escenarios son diferentes: Caracol trata de mantener el liderato que le dejó  – merecida o inmerecidamente- el final de La esclava blanca, mientras RCN sigue repitiendo el error de actuar reactivamente corriendo horarios para lanzar un nuevo producto. Volvemos a convertir a las 9 de la noche la franja de plomo-plomo-plomo. Y en ambos canales.

Caracol lanza otro de sus productos que no importará que sea un ladrillo infame, una historia supuestamente basada en hechos reales (bueno, Nuevo rico, Nuevo Pobre también lo fue, y mira tú la mamarrachada que era). El comité de aplausos de Caracol en redes sociales se encargará de alienarlos, vender humo y hacernos creer que esta Locademia de Guerrilleros Kids es lo último en guarachas.

Los “respalda” la actuación de Ana María Estupiñán, en su papel de Sarita, quien comienza el episodio debut en un mercado, con una fotografía más que oscura – cual Operación Jaque– de un pueblo cualquiera en algún operativo, hasta que se arma el tropel y la consabida persecución que este tipo de novelas no pierde de tener desde el vamos.  Ah, y flashbacks por ahí y por allá de la dura vida en combate, hasta que la capturan y queda a cargo de Adriana, la trabajadora social (Connie Camelo) que me pareció similar al de Julieth Restrepo en Lady, la vendedora de rosas, y eso que es de la competencia.

Desde ahí, La niña se disolvió entre escenas pegadas con babas como la del sitio de internamiento preventivo para adolescentes, el contacto de la trabajadora social con su familia en el monte y más flashbacks de la primera infancia de la protagonista y de su pasado como combatiente. Luego, nuestra niña se reencuentra con la mamá, quien le confiesa que su hermanito murió en un accidente de carretera. Una escena floja donde la vean, le faltó mucho más dramatismo.

Parecía La Ronca de oro sin acentos pero teniendo a la mamá de Amor Sincero emparentadas. Ni hablemos de la “entrega” de la niña regordeta y cachetona en reemplazo de su débil hermano para engrosar las filas de reclutamiento de una guerrilla que no inspira ni bostezos en la trama.

Desde este episodio de La niña trataron de mostrar la subtrama rosa entre ella como exguerrillera y el adolescente ex paramilitar, pero de una forma tan floja que el truco no funcionó. No conmigo.  Ah, y la explosión, la consabida explosión que tanto encanta en Caracol, como en Tiro de gracia, y donde la protagonista pudo ejercer sus labores de primeros auxilios. Lo dicho, en El estilista – también del canal rival-, el secuestrado era el peluquero de los guerrilleros, en La Niña, la doctora. Y luego, el sacerdote del sitio de internamiento preventivo la lleva a un hospital para que vea como es operar y descubra su vocación. Uy, sí, eso pasa en este país de la ley 100… Por cierto, esa “Niña” validó la primaria a la velocidad de la luz, pero era toda una extraña en su propia familia.

Los militares de la trama (entre ellos Juan Sebastián Aragón y Pedro Mogollón) pasaron por el episodio debut casi como extras con parlamento, mientras los guerrilleros que buscan recuperar a “la Niña” parecían Bulk y Skull, los tontos de los Power Rangers. Y por eso, prescindiré de ver sus restantes episodios inflados con humo.