Los años tenebrosos de la televisión colombiana: Las cosas secretas [1996]

Advertencia: se recomeinda una bolsa o balde con buena capacidad porque el nivel de las porquerías televisivas que Ud. va a recordar a continuación le pueden provocar fuertes ganas de vomitar.

Hemos llegado a un año de negra recordación: 1996, año en que un tsunami de manteca se apoderó de nuestra televisión nacional, y ya verán porqué lo digo: Mientras el país se polarizaba políticamente tras las escandalosas revelaciones de Fernando Botero Zea de que Samper “sí sabía” de la entrada de dineros del narcotráfico a su campaña presidencial, y en medio de descertificaciones, conspiretas, monitas retrecheras, Alfonsos Valdiviesos, Heynes Mogollones y demás fauna política, que sería las delicias de programas de humor como Los reencauchados o el rescatado del post anterior, Quac; nuestra televisión caia en una fuerte decadencia en materia de contenidos, en prácticamente todas sus franjas.

Despuntaban las mañanas televisivas, y nos tropezamos con la peor manifestación de las bazofias televisivas: Ellas por ellos, otro de los ene mil magazines de tres centavos hechos por Tevecine a mediados de los noventas, a cargo de un gran productor de basura televisiva como Carlos “Vigoril” Echeverry y su secuaz, Pablo “Sonrisa de Guasón” Lamus, que competía con otros programas como Álvaro al aire (antecesor directo de Yo, Jose Gabriel, una copia barata de los late shows gringos) o el Noticiero del espectáculo de Jorge Barón, que eran el destino perfecto de la Lista H de aquel entonces (recordemos que Sweet nacería a finales del año siguiente). En estos programas, iba cualquier galán de vereda o actriz/modelo de medio pelo a ser entrevistada, incluso, prácticamente repetían invitados. Al lado de estos programas, hasta la abominación que hoy presenta Jeta Mario merece un premio Nobel de Paz.

Allí también tuvieron cabida abominaciones musicales de ese mismo año como Charlie Zaa o Marbelle y su one (s)hit wonder “Collar de perlas”. Ah, y para los que, de pronto  todavía se preguntan ¿porqué a Mantequelle le dicen la reina de la tecnocarrilera, si solo ella canta ese género?, recuerden que también surgió un grupo (ya extinto, me imagino) que hizo covers de rancheras famosas en este abominable engendro musical: Tequila Mix, grupo perfecto para rellenar cualquier disco de música pachuca de fin de año o programa de videos de pacotilla de los festivos en aquellos años

Al medio día, don Jorge Barón nos daba la importación mas grasienta de cuantas hayan aterrizado en nuestras pantallas: El premio mayor, novela guisa por antonomasia, que prefiero llamarla El alarido ramplón. De sobremesa, nos trajo otra importación mexi-naca, sobreactuada a morir: María la del barrio, si, la misma de la escenita de la Maldita lisiada; y ni hablemos de ese conato de reality show con presupuesto de tres centavos llamado La nueva estrella de las canciones, experimento que ya había hecho  el productor y presentador ibaguereño años atrás, pero que rellenaba las tardes de toneladas de mediocridad musical.

En las tardes, cedían terreno los programas infantiles, a manos de novelitas infumables como Celeste, siempre celeste (no se a qué mente retorcida se le ocurría comprar las insoportablemente largas y tediosas telebobelas argentinas, trilladísimas en argumentos que permanecían anclados en los años ochentas) o programas como Dicen, con la Negra Candela, cloaca putrefacta de chismes mal contados, que a malditas horas recaló en la televisión vespertina.

Ya en las noches, el liderato de RCN se perdió totalmente con uno de sus peores gazapos telenoveleros de los años noventas: Guajira. Si, otra novela donde los protagonistas (Guy Ecker y Sonya Smith) irradiaban tanto calor como la estación Vostok de la Antártida, pero que fue el debut actoral de Rafael Novoa, de quien profundizaremos en el post de 1997. Fue una novela tan mala, donde se exageró hasta la saciedad la caricatura barata de los costeños, que cayó por debajo de los 9 puntos de rating, lo cual, en buena parte, permitió que su enfrentado hiciera de las suyas, en medio de los libretos cada vez más inverosímiles que tenía: La viuda de Blanco fue líder absoluto del prime time, ocultando la evidente sobreactuación de Ana María Hoyos ( quien luego abandonaría la novela, ante el previsible alargue de la misma), o los ya trillados recursos de Julio Jiménez, como el de los poderes sobrenaturales de los gemelos Blanco (unos niños que hoy por hoy nadie sabe a dónde se fueron a parar), o las poses de galán de vereda de Oswaldo Ríos, por quien Shakira dejaría a su entonces novio Gustavo Gordillo de Poligamia. A RTI solo le importaban las cifras del rating y el “merchandising”  que le reportaba la novela, que hasta banda sonora alcanzó a tener en el mercado.

Seguimos en la franja nocturna, cuando Yamit Amat, a comienzos de marzo de 1996, se ideó una sección que vendría a ser replicada en todos los noticieros que le sucedieron: Las cosas secretas. La elegida para presentarla: Viena Ruiz. Ante su fracaso actoral, del cual ya hablamos en el post de 1993, la paisa era apenas la marioneta perfecta que necesitaba Amat: Con figuración en medios, bonita, de bellas y llamativas piernas, y con la dicción apenas necesaria para que la gente viera la sección predilecta por gobiernistas y conspiretas del entonces. Mientras CM& se consolidaba, QAP naufragaba ante el bajo rating y los constantes cambios de presentadores, que le restaron identidad al telediario.  Tras el fin de estos noticieros, Caracol volvió a las andadas con otra telenovela malísima donde las haya: Prisioneros del amor, primer protagónico de Andrea López y Carlos “Piti” Camacho, que ya había actuado juntos en la infamemente recordada comedia O todos en la cama“, y como antagonista, un Omar Fierro que distaba mucho del galán seductor de una Sombra del deseo, terminada a los escobazos.

Pero si por allá llovía, por la competencia no escampaba: JES sacó , tal vez, uno de sus peores errores televisivos: Mascarada, protagonizada por una de las primeras mujeres de Lot conocidas en la televisión colombiana: Juanita Acosta, quien hacía pareja con otro de los “galanes” del momento, Juan Ángel. Una novela que era un revuelto de cosas sin sentido: hablaba del mundo del modelaje, pero con algunas referencias con aspectos políticos, como si en sus libretos metiera mano Julio Sánchez Cristo a manera de panfleto. Mostraban una irrealidad de las agencias de modelos, y es que tú no puedes creerte que se hable de las connotaciones del proceso 8000 en una escena de cama o en una peluquería.  En el elenco de este despropósito televisivo se contaban figuras como Carolina Trujillo, Gloria Zapata, Marcela Agudelo, Diego Trujillo, y jóvenes figuras como Luigi Aycardi, Andrea Guzmán, Ángela Vergara y hasta Maritza Rodríguez, pero fue “masacrada” a partes iguales por críticos y espectadores.

Tampoco podemos ignorar las basuras de dramatizados semanales que plagaron las noches y hasta las tardes de aquel 1996: Otra en mi, con una sobreactuación , por partida doble, de Geraldine Zivic, haciendo de  buena y mala (oh, esto no se le había ocurrido a nadie antes), junto a Mauro Urquijo; o Leche, absurda comedia de los jueves por la noche, que tenía muchos libretos de grandes figuras como Jorge Maronna, Bernardo Romero Pereiro o Daniel Samper, pretendía ser parodia y fracasaba en el intento. Pretendía ser graciosa, y despertaba bostezos. Pretendía ser musical, pero eso aquí en Colombia ya no calaba. Aunque algunos la consideran una novela de culto, a mi no me despertaba nada la nueva aparición de Flora Martínez junto a Juan Carlos Vargas en la televisión colombiana. Lo curioso es que, en medio de todo, Flora Martínez competía contra ella misma en el mismo horario, siendo la antagonista de una serie con mucha calidad: La otra mitad del sol, también protagonizada por Juan Ángel y Alejandra Borrero, a la que si dejamos indemne de este festival de mediocridad.

Pero de la quema no se salvan tampoco Fuego verde, serie que pretendió relatar los conflictos de la zona de las esmeraldas, pero que derivo luego en una larga sarta de episodios donde lo único que pasaba eran un festival de disparos a diestra y siniestra, protagonizada por un Roberto Escobar al que le pasaban mas desgracias que a José Miel, y donde debutaría Paola Rey – si, Tele tigre, ya puedes descansar-; y ni hablemos de dos de los peores productos made in Colombiana de televisión. El día es hoy y Hechizo: el primero fue una suerte de historia paralela a Padres e hijos, donde Kike Vivaldi (otro galán de vereda) se enamoraba de Danna García (si, estaba muy perdidita la niña en ese entonces, tras el final de Café Moreno), cuyo hermano en la novela tenía cáncer o algo así… en la segunda, ambientada en la lucha libre, hizo su debut actoral Ricardo Vélez, pero no pasaba de ser otra serie del montón, que rápidamente fue ignorada por los televidentes.

Renglones aparte merece uno de los peores productos “institucionales” de la época: Hombres de honor, serie que relataba la vida de unos reclutas haciendo el servicio militar, en una época donde las tomas guerrilleras y los secuestros de militares y policías serían el cruel calvario nacional. Con las (sobre)actuaciones de Juan Carlos “Acabarropa” Gutiérrez, Oscar Borda, Jorge López y Horacio Tavera, no pasaba de ser una vulgar copia, mal hecha por demás, de Misión del deber, serie gringa de finales de los ochentas. Con ver series así, uno a no se extrañaba del auge del paramilitarismo. También merece entrar en la hoguera el grueso de dizque programas de “humor” de ese entonces, liderado por Ordóñese de la risa, Va la mami y La grúa, ramplones ejemplos de que con tres pesos de presupuesto se puede salir en la tv nacional.

Mención aparte tiene la polémica que surgió con un programa que tanto me estaban reclamando los lectores en posts pasados: De pies a cabeza, que relataba las vicisitudes de un equipo de futbol de los muchachos del barrio Pablo VI. Y la polémica surgió por aquel episodio donde Pablo (Manuel Jose Chávez) y Violeta (Carolina Acevedo) perdían la virginidad. Ríos de tinta corrieron, tanto a favor como en contra del seriado de Cenpro, que duraría al aire dos años mas. Para algunos, una de las mejores series juveniles de los noventas (surgió en 1994), pero, lo confieso, a costa de que me acribillen, a mi me parecía aburridísima, predecible, repetitiva y pasaba de largo sobre ella. En todo caso, se apeló a lo mismo de los mismo: el personaje abandona la serie por un viaje al extranjero, le dan una despedida inolvidable… bueno, mejor júzguenla Uds:

Pero no todo es malo, televisivamente hablando, en este 1996: A la par de La otra mitad del sol, un producto como Hombres (serie de RCN de los sábados en la noche estelarizada por Margarita Rosa de Francisco y Nicolás Montero), sacaba la cara por la mediocre televisión del año 96.

Y bueno así cerramos otro de los más siniestros episodios de nuestra televisión chibchombiana. Dios mío, en tus manos colocamos esta bazofia que ya pasó, y los bodrios que llegan.