Los años tenebrosos de la televisión colombiana: 1992

A partir de hoy crónicas semanales sobre el porqué hoy hemos llegado al punto en que están la televisión  y radio colombianas, desentrañando las razones por las cuales estamos como estamos. El punto de partida es 1992, año de la licitación que marcó el destino de una televisión que, con sus aciertos y desaciertos, había creado valor agregado a nuestra ciudadanía e identidad como colombianos.

Tras la Constitución del 91, había muchas esperanzas puestas en la nueva institucionalidad creada con la misma. Pero, en la transición, se dio, a mediados de aquel año, la licitación de los dos canales, que desde el 1 de enero del 92, pasarían a ser la Cadena Uno y el Canal A (arrrghh, rugido). La entonces programadora Caracol quedó en el Uno mientras que RCN Televisión en el A.

Las demás programadoras se fueron alineando. Por ejemplo, en el Uno estaban TvCine, RTI, Jorge Barón Televisión y en el A quedaron las hoy extintas Punch, Coestrellas y JES. En materia de noticieros: El Uno contó con el ya conocido Noticiero 24 horas y CM& desde sus comienzos, el A quedaría con el tradicional Noticiero de las 7 y con QAP.

Muchas esperanzas se tenían puestas en la nueva programación, pues traía orden: ahora, los noticieros competirían entre si, los dramatizados tendrían su espacio y competirían entre ellos, pero habría una franja infantil interesante de lunes a domingo, coexistiendo con la televisión educativa y cultural que existía en las tempranas horas de la mañana y en parte de la franja vespertina.

Hasta ahí todo pintaba bien. Pero llegó el factor de desequilibrio: el apagón, que desde marzo del 92 hasta bien entrado 1993, asoló a los colombianos, y forzó a muchas programadoras a hacer medidas desesperadas por sostenerse. Para los que no lo recuerdan, en el milimétrico sistema de reparto de programadoras, RCN competía con Inseparables, un culebrón infumable de esos que hacía Martha Bossio, en plena decadencia, contra En cuerpo ajeno, obra de Julio Jiménez (antes de que se la ca(r)garan los de Tele(in)Mundo), en el horario de las ocho; mientras que en la franja de las diez estaban La 40, la calle del Amor por Caracol contra Sangre de lobos, de JES.

Los horarios del racionamiento hicieron que el liderato absoluto que tenía la historia de Jiménez para RTI eclipsara toda la programación. Incluso hubo gente que compró plantas eléctricas para ver las candentes escenas de Amparo Grisales con el galán del momento, Danilo Santos. Pero los hoy canales privados competían con historias trilladas, fofas, anodinas, que por más que en el elenco de Caracol estuviera Carlos Muñoz (quien sería más tarde comisionado de televisión) o en el de RCN tuvieran a Natalia Ramírez y a Miguel Varoni, fracasaron. Incluso, como estrategia televisiva, En cuerpo ajeno pasó a transmitirse en el horario de las 10 p.m., mientras Caracol corría a producir otra historia esta vez no diferente ni divertida, mientras RCN le apostó en su horario a una coproducción con Venezuela.

Fueron semanas en donde el duelo televisivo Amparito Grisales vs. Aura Cristina Geithner (protagonista del culebrón de JES) dio de qué hablar. Pero ya era muy diciente el hecho de que ambos estrenaron novela y estrenaron fracaso. Sus reemplazos: La mujer doble (por Caracol) y De costa a costa ( por RCN), tampoco es que tuvieran mucha aceptación que digamos. Las novelas de época ya no impactaban como en los ochentas, y ni hablemos del “hablado venezolano” de la segunda.

Pero ahí no paró todo el despropósito: D.F.L Televisión (programadora de Diego Fernando Londoño) contaminó las tardes de los fines de semana con un monumento a la ordinariez: No me lo cambie, liderado por Hernán Orjuela. Formato ramplón donde lo hubiere: ¿era un magazin?, ¿un programa de cámaras escondidas y pegas no necesariamente en peluquerías? Ni hablar de comedias grasientas y horrorosas como Vuelo Secreto o unos Dejémonos de vainas que, tras casi 10 años al aire, ya acusaba cansancio en los libretos que tenía, y que tuvo varios trasteos de horarios, conforme el apagón.

Las programadoras contraatacaron este percance nacional congelando proyectos para tiempos con mejores condiciones y reemplazándolos por enlatados, programas de concursos de tres centavos como Maxi mini u Odisea o novelas bien cachifas como Decisiones, Lucerito y demás porquerías de cuyo nombre no queremos ni acordarnos.

Pero no todo es tan malo. A raíz de que la gente se volcó en la radio para superar la escasez de energía, surgió el formato de La luciérnaga, que hizo las delicias de quienes pasaban las largas horas sin luz con los radios de baterías, cuya venta se estimuló (es más, casi todos los medios impresos de la época ofrecían de obsequio linternas o hasta radio linternas con sus suscripciones).

Y así concluimos este primer especial, de los que tendremos hasta llegar a nuestro año. La próxima semana, analizaremos los bodrios y guisadas que rodearon al año 1993…